domingo, julio 06, 2008



La espera
(Baires, agosto 99 Gaby)


No me había sorprendido que le gustara leer, ni que aspirara a escritor. Leía desde que tenía 12 años. Leímos juntos a Ray Bradbury, y devoramos uno a uno todos los títulos de la colección de ciencia-ficción de “Minotauro”. Leíamos a veces a dúo, del mismo ejemplar, en los viajes en subte de la línea “D”, que nos llevaba de Palermo a Catedral.
Me sorprendió, si, que le gustara la poesía. Y me gustó su gusto, tal vez simplemente porque coincidía con el mío.


Tampoco me sorprendió que intentara mentir y no pudiera. Nunca había podido, pero siempre lo intentaba. Era uno de los pocos alumnos que trataba de “versear” en latín. Se podía parlotear a un profesor de historia o de geografía, pero no se podía “inventar” una declinación que no se sabía. El igual insistía, bajo la mirada exasperada de alguna profesora.

Era de esos tipos que dicen lo que piensan, casi sin darse cuenta. Ni cortesía, ni diplomacia, ni cinismo. Eso me gustaba. Es claro con quien se está, cuando se está con gente así; aunque en él no era una vocación de honestidad, sino su naturaleza.
Mantenía esa mezcla de confusión y lucidez, que lo caracterizaba cuando adolescentes, y ahora más que entonces, me provocaba ternura e interés. Tenía una forma lenta y distraída, con la que se transportaba por la vida con total naturalidad y había mantenido férreamente su devastadora torpeza.
En verdad, al encontrarlo después de 20 años, tuve que retrotraer mi memoria a tiempos remotos, y rescatar recuerdos que tenía por completo olvidados.


Con tan sólo un rato de charla, pude componer su momento: soltero después de muchos de años de estar en pareja, un amor en el camino que le había servido de detonador para romper estructuras, un choque, un viaje, algunos meses de vivir con lo puesto y un bolso.
Sólo podía haber en él una sensación de libertad que lo sobrepasaba y ese delicioso y duro momento de redescubrirse, que produce pavor y entusiasmo.

Para su suerte, no parecía tener oficio de mujeriego. Aunque de ello, me fui enterando más tarde. Su falta de oficio, entorpecía nuestros posibles encuentros, y si bien era frustrante, en cierto modo, me alegraba. Cuando la voracidad supera la emoción en los hombres, se pierden de lo mejor y es como si parte de ellos se congelara, se cosificara.

Me asombro vernos juntos en aquella foto de colegio secundario. Colegio Nacional de Buenos Aires. Recordaba esos primeros años de mi adolescencia como buenos, intensos. Había perdido contacto con todos los chicos de ese grupo. De algunos sólo recordaba sus sobrenombres, pero nitidamente sus gestos, sus sonrisas, y la imagen de como eran, enfundados en sus trajes de colegio.
Él, era un flaco desgarbado, irónico, con ojos medio desorbitados, que en aquellos años sólo centraba su mirada en las tetas y las piernas de las chicas, y en los libros, que siempre lo acompañaban. Y en un punto, seguía siendo un personaje parecido al que había sido, sólo que había canalizado esas características de manera tal, que resultaba un hombre interesante: un flaco desgarbado, irónico, apasionado por las tetas y las piernas de las chicas. Sólo que ahora, no las miraba con añoranza, sino que había aprendido el arte de tocarlas
.

Me resultaba impresionante que los que aparecían en la foto fuésemos nosotros, que esa tarde tomábamos Martinis, sin uniformes escolares, y que tantas cosas hubieran pasado en ese largo intervalo.

Me sorprendió que me gustara charlar con él, hacer el amor, dormir con él y hasta tomar el desayuno. Preparaba ricas tostadas. Su compañía resultaba tan amena y nuestras pieles tan compatibles, que intuí que podía pasar semanas junto a él, sin aburrirme ni empalagarme. Pensé que teníamos muchos temas por conversar, una vida por contarnos y kilómetros de piel por recorrer.

Me impresionó su frase sobre el pijama, fugaz como una instantánea. Yo había sentido lo mismo en ese momento, sólo que él le había puesto palabras. La sensación de que así quería pasármela. Y como si él siempre hubiera estado ahí. Y yo también.
Había una enredadera verde, un cielo gris, una llovizna incierta. Era una porteña mañana de domingo. Percibí cierta ansiedad de destiempo en su cara. O tal vez de sorpresa. Tal vez la misma que yo tenía ante su deseo, que aparecía como intacto, preservado durante veinte años esperando ese encuentro.

Imaginé que a esos encuentros, podrían haber seguido muchas charlas, y risas, y pieles y Martinis.
Su abrazo me entibiaba el alma de tal forma, que hubiera querido permanecer en él durante miles de horas. En su lugar, apareció un vacío repleto de silencio, donde sólo flotaban mi pelo en su espalda, y las marcas de su abrazo, en la mía.

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