lunes, junio 30, 2008















Monasterio del Desierto de los Leones
(México D.F., enero 2007)

Enclavado en una montaña, en medio de un bosque de pinos. Está a minutos del periferico, el smog, los autos, la gente y el trajín del D.F.
Hay un maravilloso silencio, paz, un intenso aroma a bosque y, en su época, vivían allí monjas de clausura, que no hablaban y vivían descalzas en medio del frio y el paisaje.

























"El manicomio del tiempo"
de Angeles Mastretta

Existe en Puebla un manicomio maltrecho y medio olvidado, en el que sin remedio mezclan su lucidez y sus delirios varias decenas de mujeres.
Estuve ahí alguna vez cerca de Navidad porque mi madre organizaba una posada con el ánimo de consolar el insaciable desconsuelo de aquel sitio, y no sé con qué resultados.
Durante un tiempo, mi hermana heredó la misión visitadora de mi madre. Trató en aquel abismo con mujeres desquiciadas por la pobreza o la falta de medicamento necesario en el momento preciso, lo mismo que con jóvenes que al caer en la cárcel por drogadictas eran llevadas ahí, puestas en abstinencia y conducidas al pavoroso túnel de la conciencia plena en mitad de un mundo regido por el disparate.
Nunca supe la causa, pero supongo que un mecanismo de autodefensa hizo que Verónica espaciara sus visitas al manicomio de San Roque. Hay tanta locura por atestiguar en el mundo de afuera que acabamos acudiendo a ella antes que a la recluida en la desdicha de estar catalogado como tal.
De las tardes que pasó entre aquellas mujeres dedicadas en sus ratos de paz a bordar o hacer collares, mi hermana obtuvo un regalo y me lo regaló.
Es un pequeño pedazo de tela color marfil, en el que una supuesta loca bordó, con el pulso firme y el punto atrás perfecto: "No arruines el presente lamentándote por el pasado ni preocupándote por el futuro".
Sin buscar perdón de quienes encerraron a esa mujer, yo colgué su sentencia en el sitio más visible de mi casa y acudo a ella cada vez que lo creo necesario o la dejo entrometerse en mi camino cada vez que el azar me la coloca enfrente. Pocas veces me remiten tanto a la cordura. Aunque a fuerza de proponerme oirla, he comprendido que una persona capaz de vivir atenida a esa sentencia pueda cometer muchas locuras.
¿Por qué moverse de una cama tibia, si a uno no le preocupa el futuro? ¿Por qué llegar a los lugares puntuales? ¿Por qué la prisa?¿Por qué andar correteando a la eficacia, al éxito?¿Por qué negarse a las conversaciones largas, al simple dejar pasar el tiempo sobre nuestros cuerpos y nuestros deseos?
Vivir sin lamentar el pasado ni preocuparse por el futuro es darle al tiempo una dimensión mucho mayor que la que le ha otorgado el mundo que nos rige. Es rehabilitar la noción presente y desaparecer el reloj, que tanto nos atormenta.
Me pregunto que sería de este siglo que ha descubierto la aspirina, la televisión y los jets si no hubiera dirigido los beneficios de sus descubrimientos a evitarnos todo lo que se considera perder el tiempo.
¿Encerrarse en casa por una gripa? De ninguna manera, para eso hay toda clase de medicamentos que la disimulan. Sin embargo, ninguna la evita, una gripa dura inexorable y fatal mínimo cuatro días ¿Saltarse los tres días de menstruación? Imposible. ¿Saber a los quince años lo que sólo se reconoce a los cuarenta? Nunca. ¿Verse de quince años a los cuarenta? Menos. La gestación humana todavía dura nueve meses y eso parece irrevocable.
Evaporar el tiempo, tratarlo como algo que se consume, que se divide en pasado y futuro, que uno puede medir y manejar a su gusto es lo que debería considerarse una locura. Pero nadie va al manicomio si vive con la angustia de estar perdiendo el tiempo. Porque no habría manicomios para albergarnos.

Hemos olvidado el placer que otros encontraron en las tertulias, la radiante voluntad con que otros supieron ser generosos con su tiempo. Supieron darlo a los amigos siempre que fue necesario, darlo al ocio y la contemplación, darlo a la hermosa lengua que hablamos. Darlo al sueño y al placer de tocar a los otros sin medir las horas y tener que salir corriendo.
Una de las actividades que muestran con más claridad la incapacidad de nuestra época para medir el tiempo como algo que no debe medirse, son los cocteles. Para ver mucha gente rápido y en las mismas tres horas, se reúne de pie a muchas personas que dan vueltas iniciando conversaciones sin destino, picoteando a los demás con un saludo, un piropo, un adiós, un nos vemos que nunca se concreta. Pocos inventos tan aberrantes y tan cansados. Pocos lugares donde las palabras se trivialicen y desoigan tanto. Sin embargo, acudir a un coctel nunca se considera perder el tiempo.
En cambio, las personas que invierten más de cinco minutos en hablar por teléfono suelen ser muy mal vistas en nuestro fin de siglo. ¿Qué cosa práctica se podrá uno decir después de cinco minutos?¿Y por qué ha de valer la pena hablar de cosas que no sean prácticas, de cosas que no estén destinadas a corregir el pasado o actuar para el futuro?
Hablar de más es gastar el tiempo y como el tiempo es oro los habladores son unos derrochadores. Por más que el teléfono genere cordialidades y propicie una intimidad que sería extraordinaria, si no fuera porque hay quienes se dedican a espiar y grabar lo que se dice en él.
Sin embargo, quizá por eso mantenemos amistades largas y nos resultan entrañables los amigos a quienes conocimos cuando jóvenes, con los que convivimos cuando nuestro tiempo era lo único que podíamos regalar, de los que conservamos para siempre un regalo que ya no se regala: horas y horas de teléfono adolescente, tardes enteras de cuchichear secretos que a nadie sino a uno le importaban. Quizá porque aún vale lo que vale, nuestros amigos de verdad son aquellos con los que en cualquier época, pero más aún en ésta, hemos tirado a la basura la idea necia del tiempo, con los que el pasado nunca es algo lamentable y siempre algo por evocar, con los que el futuro no se prevé, se invoca y el presente es un derroche de historias, recuerdos y profecías.
Adivinar que habrá sido del tiempo y cómo será el presente de la bordadora de San Roque. Nunca podré decirle cuánto la escucho y cuantas veces la desoigo, pero hasta siempre me acompaña la sentencia que hoy descargo en este puerto por si alguien quiere apuntarla y atenerse a la locura que acarrea: "No arruines el presente lamentándote por el pasado ni preocupándote por el futuro".

sábado, junio 28, 2008

Altares 1

(México D.F., 2007)





viernes, junio 27, 2008

Techo volando y columna-fuente
Patio interior Museo Nacional de Antropología
(México D.F., Enero 2007)































Hace muchos años, un amigo escribió sobre algo que le planteaba una…gran disyuntiva y que usó en un juego de palabras para escribir un poema: ¿Lengua o labios?. Cuando leí aquel texto, este me disparo otra disyuntiva, ¿la razón o la pasión? Y escribí este texto, también hace muchos años, que obviamente no pretende ser un poema:

La razón y la pasión
(Gaby, 1997)

¿La razón o la pasión?
La pasión!...Pero mire que la razón...
No, no, no! definitivamente la pasión.
La pasión es desmesurada, profunda,
no es cientificista, no se puede explicar,
nos toma por completo.
Nos conecta con lo más primario
de nosotros mismos
nos lleva a los abismos y a la gloria.
Nos refleja enteros y nos hace más completos.

Sí, pero la pasión
es descontrolada, puede ser inoportuna, autodestructiva...
Entonces...entonces, ve usted, la razón.
La razón es poderosa, estructurada,
nos permite, al menos sentir, que llevamos el timón de nuestra vida.
¿Se puede amar racionalmente?
Claro, nos permite cuidarnos, protegernos,
saber de antemano, que el dolor nunca será demasiado.
Saber que nada nos va a afectar más de lo deseado.
La razón es prudente, previsora, realista, hasta cordial.

Pero...bueno...la razón me gusta.
Nos permite llevar cierto orden, darle a todo un sentido,
no tocar los extremos, eso puede ser muy peligroso.
A cierta altura de la vida, se espera que uno actue racionalmente.
Uno mismo lo espera.
Pero...la pasión es dulce
es el condimento de la vida
es como flotar a veces
y otras sentirse profundamente enraizado
con alguien o algo,
es sentirse visceralmente a uno mismo.

Y...pasión y razón,
¿nunca se ponen de acuerdo?
Es difícil...
A veces hasta nos cuesta unir lo que sentimos con lo pensamos,
imagínese ! unir la pasión con la razón... !
Entonces...
¿la razón o la pasión?
Las dos.

sábado, junio 21, 2008

Centro Histórico México D.F.
(Enero 2007)


























D.F. Centro Histórico
Smog mezclado con un penetrante olor a harina de maíz. Es el olor que sintetiza al D.F., Y a salsas picantes, a chile, a cilantro. Toda la cocina al aire libre que se realiza en la ciudad de México expande en forma permanente sus aromas. Quesadillas, chicharrón, carnitas, todo se mezcla por la ciudad, con los olores de los autos y los ‘peseros’.
El centro histórico es el lugar más bullicioso, en una ciudad que, aunque inmensa, es bastante
silenciosa. En el centro histórico el movimiento es permanente, a toda hora y todos los días. El Café ‘Havana’, el ‘Café Tacuba’, puestos y mercados ambulantes tanto de artesanías exquisitas, como de electrónica o música y videos pirateados. Personajes urbanos, campesinos, turistas, todos se cruzan y entrecruzan allí.
‘La casa de los Azulejos’ a donde llegaron los zapatistas con su revolución a tomar chocolate. El ‘Palacio de las Bellas Artes’, con su piso torcido después del terremoto del ’85, una de las muestras más increíbles del art nouveaux y art decó en gran escala, en América Latina.
El Zócalo. La `plaza seca’ más grande que he visto. La catedral, enorme y bella, construida sobre una pirámide, como muestra del poder español sobre las culturas americanas. Empezó a desmoronarse hace unos años, cuando escavaron los restos arqueológicos del ‘Templo Mayor’ y tuvieron que apuntalarla. La pirámide seguía mostrando su poderío e influencia, siglos después.
Entretanto, circulan carritos con fruta, con helados de sabores tropicales, paletas de tamarindo con chile, aguas de Jamaica, de Horchata, jugos.
Santerías. Muchas en los alrededores de la Catedral. Velas y santos se juntan con las calacas de Día de Muertos.
Hay un latir allí, en ese Centro Histórico, que se percibe en las calles, en las miradas, en la extraña y variada cantidad de gente que circula por allí.
Museos, galerías de arte, restaurants, hoteles, antiguos y tradicionales comercios, todo nucleado en unas ‘pocas manzanas’ considerando las dimensiones del D.F.
Cerca, la Plaza Garibaldi, el centro de reunión de los mariachis. Allí los novios llevan a sus enamoradas para regalarles alguna canción. Quise ir allí una vez, y el ambiente resultó más pesado y peligroso que romántico, así que escapamos antes de que me tocara escuchar la correspondiente melodía.
Viví unos días en el centro histórico, en un hotelucho, cuando inesperadamente me quedé sin casa en d.f., justo cuando comenzaba a trabajar.
También allí, en el Zócalo, conocí a quien sería luego un amigo y un amor. Él llegaba desde Argentina para reportear al sub-Marcos, luego de su aparición en Chiapas, en el ’94. Nos encontramos en un café en la recova del zócalo. Y ese encuentro, con un pibe de campera de jean, anteojos negros, un paquete de yerba mate en la mochila, y una mirada curiosa y angelical, abrió nuevos horizontes, intereses y experiencias en mi vida futura.
En la catedral del zócalo, también rezo. Es el lugar en donde con más sentimiento y creencia he rezado. Lo hago cada vez que voy al D.F. Una energía poderosa ronda ese lugar. Rezar allí, tiene un carácter y una profundidad diferente para mi, que el hacerlo en cualquier otro sitio.
En el centro histórico confluyen las culturas precolombinas, la presencia española, los diversos y nutridos movimientos artísticos que se desarrollaron en México a lo largo de su historia, recuerdos de la revolución de Villa y Zapata, la música, los enormes murales que dejaron Diego Rivera y Orozco, la comida, el ayer y el hoy en un remolino continuo e interconectado, como si todos esos mundos sucedieran al mismo tiempo, en tiempo presente y en un devenir constante
.











































Arquitectura y recuerdos en la Colonia Condesa 2
(México D.F., Enero 2007)




































Puerto Vallarta
(Méxco, Enero 2007)















Arquitectura y recuerdos en la Colonia Condesa
(México D.F., Enero 2007)





































miércoles, junio 18, 2008




Roma distinta (1)
(Gaby /1997)

Combinamos una cita en Roma. Hice un viaje en tren de 14 hs. para llegar hasta allí.
La primera mitad en un tren limpio y ultramoderno, rodeada de gente que casi no hablaba, y con guardas alemanes que no hacían el menor esfuerzo por comunicarse en inglés.
En la frontera, recuperé la sonrisa. Un guarda esperaba en la puerta del vagón dormitorio, y sus primeras palabras fueron “Ciao, bela”. Fue amable y protector, con esa calidez natural más propia de los latinos que de los anglosajones. Resultó como un aire fresco, luego de pasar diez días en Alemania, en donde nunca logre sentirme cómoda.
Como no sabíamos en donde nos hospedaríamos, hicimos una cita para el miércoles 14, a las 21 hs., en la Fontana di Trevi.
Roma me resultaba como un gran museo, de calles intransitables, gente ruidosa, motos ruidosas y aires ruidosos.
Me instalé en un hotel próximo a San Pedro, y aproveche esa tarde para visitar el Vaticano.

Bramante y Bernini, habían dejado una impronta urbana majestuosa. Llegue al final de la tarde, cuando la gran masa de visitantes abandonaba la plaza.
Había algo de bruma y los faroles se recortaban en un aire espeso y blanco.
Por alguna razón, es imposible no sentirse sobrecogido entrando a una de las sedes de Dios sobre la tierra. Techos eternos, eternamente altos. Inciensos y un coro celestial que entonaba una letanía tan interminable como eterna.
Deambulé como poseída por esos pasillos, había poca gente, el silencio era más fuerte que las voces que susurraban en el paseo. Pasé horas allí, hasta que se hizo de noche.
Apurada, camine hasta el hotel para bañarme, cambiarme y llegar a horario a una cita realizada 15 días antes por teléfono, a larga distancia.

La primavera en Roma, a las nueve de la noche, es animada, con mucho movimiento en sus calles. Pero fue una sorpresa desembocar en la Fontana, y descubrir que había allí más de doscientas personas. Casi todos turistas disfrutando el juego de las aguas junto a la iluminación nocturna y tirando las monedas que les asegurarían su vuelta a la ciudad eterna.
Me senté en uno de los bordes de la plaza que me daba una visual bastante generosa de la fuente y su entorno. Encontrarlo en medio de esa multitud sería un milagro. Y no encontrarlo después de tanto viaje, una gran decepción. Pero ese día podía creer en milagros.


Durante la espera, se me acerco un italiano apuesto, que intento inultimente desarrollar una conversación conmigo. Cuando vio que mi mirada viajaba por la multitud, como buscando alguna señal, preguntó: "¿tiene un apuntamento?” “Si”, conteste sonriente. Su pregunta me hizo tomar conciencia de lo exótico de “mi apuntamento”, y creo que cruzó por mi algún pensamiento ligado a como podía organizarme tales citas.

A los pocos minutos pude divisarlo del otro lado de la plaza, con la mirada viajando entre la multitud, de igual modo que la mía. Era imposible que mi voz lo alcanzara, así que tuve llegar hasta su brazo para que me vea. Nos abrazamos mucho rato. Un abrazo que había cruzado el océano y que había esperado meses.

Esa noche caminamos, cenamos spaghetti, viajamos en un subte poblado de personajes sórdidos que parecían sacados de una coproducción de Almodovar y Fellini. El subte nos acerco a mi hotel. Tomamos vodka fría, en vasos largos, frente a la plaza Cavour. El aire era tibio y liviano.


Llegando al hotel, les explicamos a los conserjes que vivíamos en dos puntos lejanos del planeta, que casi gracias al azar nos habíamos podido encontrar en Roma, y que teníamos sólo esa noche para hacer el amor.
En Italia, la palabra amor es la llave para enternecer a cualquier italiano que se precie de serlo. Lo dejaron pasar a mi habitación esbozando discretas sonrisas.

viernes, junio 13, 2008




La página de Pablo
(entren y miren)

jueves, junio 12, 2008









Diluviada
Gaby (Bogotá, mayo 1995)

Hoy diluvia en Bogotá
Dillueve
gotas
que caen
sin cesar,
sin prisa,
como un llanto,
sin descanso.

Es sábado
y en Bogotá
diluvia.
Y en el Sur,
te imagino
tomando ginebra,
en el diario,
en una tarde gris.

Hoy desperté
llorando
tu ausencia
presente.
Mi alma
diluviaba
se inundaba
de vos,
sin detenerse
nunca.

Salgo a caminar,
tengo
los zapatos mojados,
un paraguas rojo,
ganas de besarte,
y cierta paz
que sabe a arepas y ajiaco.

Tu espíritu
me persigue
por calles desconocidas.
Bogotá barrosa,
roja,
mojada,
empapada
de vos.

Arriba la bruma,
y las montañas,
rodean la ciudad,
y allí
te siento merodear.

Sigo caminando,
empapada,
mojada,
brumosa,
diluviada
de vos.



La página de Josefina
(pasen y vean)