lunes, junio 30, 2008









"El manicomio del tiempo"
de Angeles Mastretta

Existe en Puebla un manicomio maltrecho y medio olvidado, en el que sin remedio mezclan su lucidez y sus delirios varias decenas de mujeres.
Estuve ahí alguna vez cerca de Navidad porque mi madre organizaba una posada con el ánimo de consolar el insaciable desconsuelo de aquel sitio, y no sé con qué resultados.
Durante un tiempo, mi hermana heredó la misión visitadora de mi madre. Trató en aquel abismo con mujeres desquiciadas por la pobreza o la falta de medicamento necesario en el momento preciso, lo mismo que con jóvenes que al caer en la cárcel por drogadictas eran llevadas ahí, puestas en abstinencia y conducidas al pavoroso túnel de la conciencia plena en mitad de un mundo regido por el disparate.
Nunca supe la causa, pero supongo que un mecanismo de autodefensa hizo que Verónica espaciara sus visitas al manicomio de San Roque. Hay tanta locura por atestiguar en el mundo de afuera que acabamos acudiendo a ella antes que a la recluida en la desdicha de estar catalogado como tal.
De las tardes que pasó entre aquellas mujeres dedicadas en sus ratos de paz a bordar o hacer collares, mi hermana obtuvo un regalo y me lo regaló.
Es un pequeño pedazo de tela color marfil, en el que una supuesta loca bordó, con el pulso firme y el punto atrás perfecto: "No arruines el presente lamentándote por el pasado ni preocupándote por el futuro".
Sin buscar perdón de quienes encerraron a esa mujer, yo colgué su sentencia en el sitio más visible de mi casa y acudo a ella cada vez que lo creo necesario o la dejo entrometerse en mi camino cada vez que el azar me la coloca enfrente. Pocas veces me remiten tanto a la cordura. Aunque a fuerza de proponerme oirla, he comprendido que una persona capaz de vivir atenida a esa sentencia pueda cometer muchas locuras.
¿Por qué moverse de una cama tibia, si a uno no le preocupa el futuro? ¿Por qué llegar a los lugares puntuales? ¿Por qué la prisa?¿Por qué andar correteando a la eficacia, al éxito?¿Por qué negarse a las conversaciones largas, al simple dejar pasar el tiempo sobre nuestros cuerpos y nuestros deseos?
Vivir sin lamentar el pasado ni preocuparse por el futuro es darle al tiempo una dimensión mucho mayor que la que le ha otorgado el mundo que nos rige. Es rehabilitar la noción presente y desaparecer el reloj, que tanto nos atormenta.
Me pregunto que sería de este siglo que ha descubierto la aspirina, la televisión y los jets si no hubiera dirigido los beneficios de sus descubrimientos a evitarnos todo lo que se considera perder el tiempo.
¿Encerrarse en casa por una gripa? De ninguna manera, para eso hay toda clase de medicamentos que la disimulan. Sin embargo, ninguna la evita, una gripa dura inexorable y fatal mínimo cuatro días ¿Saltarse los tres días de menstruación? Imposible. ¿Saber a los quince años lo que sólo se reconoce a los cuarenta? Nunca. ¿Verse de quince años a los cuarenta? Menos. La gestación humana todavía dura nueve meses y eso parece irrevocable.
Evaporar el tiempo, tratarlo como algo que se consume, que se divide en pasado y futuro, que uno puede medir y manejar a su gusto es lo que debería considerarse una locura. Pero nadie va al manicomio si vive con la angustia de estar perdiendo el tiempo. Porque no habría manicomios para albergarnos.

Hemos olvidado el placer que otros encontraron en las tertulias, la radiante voluntad con que otros supieron ser generosos con su tiempo. Supieron darlo a los amigos siempre que fue necesario, darlo al ocio y la contemplación, darlo a la hermosa lengua que hablamos. Darlo al sueño y al placer de tocar a los otros sin medir las horas y tener que salir corriendo.
Una de las actividades que muestran con más claridad la incapacidad de nuestra época para medir el tiempo como algo que no debe medirse, son los cocteles. Para ver mucha gente rápido y en las mismas tres horas, se reúne de pie a muchas personas que dan vueltas iniciando conversaciones sin destino, picoteando a los demás con un saludo, un piropo, un adiós, un nos vemos que nunca se concreta. Pocos inventos tan aberrantes y tan cansados. Pocos lugares donde las palabras se trivialicen y desoigan tanto. Sin embargo, acudir a un coctel nunca se considera perder el tiempo.
En cambio, las personas que invierten más de cinco minutos en hablar por teléfono suelen ser muy mal vistas en nuestro fin de siglo. ¿Qué cosa práctica se podrá uno decir después de cinco minutos?¿Y por qué ha de valer la pena hablar de cosas que no sean prácticas, de cosas que no estén destinadas a corregir el pasado o actuar para el futuro?
Hablar de más es gastar el tiempo y como el tiempo es oro los habladores son unos derrochadores. Por más que el teléfono genere cordialidades y propicie una intimidad que sería extraordinaria, si no fuera porque hay quienes se dedican a espiar y grabar lo que se dice en él.
Sin embargo, quizá por eso mantenemos amistades largas y nos resultan entrañables los amigos a quienes conocimos cuando jóvenes, con los que convivimos cuando nuestro tiempo era lo único que podíamos regalar, de los que conservamos para siempre un regalo que ya no se regala: horas y horas de teléfono adolescente, tardes enteras de cuchichear secretos que a nadie sino a uno le importaban. Quizá porque aún vale lo que vale, nuestros amigos de verdad son aquellos con los que en cualquier época, pero más aún en ésta, hemos tirado a la basura la idea necia del tiempo, con los que el pasado nunca es algo lamentable y siempre algo por evocar, con los que el futuro no se prevé, se invoca y el presente es un derroche de historias, recuerdos y profecías.
Adivinar que habrá sido del tiempo y cómo será el presente de la bordadora de San Roque. Nunca podré decirle cuánto la escucho y cuantas veces la desoigo, pero hasta siempre me acompaña la sentencia que hoy descargo en este puerto por si alguien quiere apuntarla y atenerse a la locura que acarrea: "No arruines el presente lamentándote por el pasado ni preocupándote por el futuro".

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