miércoles, junio 18, 2008




Roma distinta (1)
(Gaby /1997)

Combinamos una cita en Roma. Hice un viaje en tren de 14 hs. para llegar hasta allí.
La primera mitad en un tren limpio y ultramoderno, rodeada de gente que casi no hablaba, y con guardas alemanes que no hacían el menor esfuerzo por comunicarse en inglés.
En la frontera, recuperé la sonrisa. Un guarda esperaba en la puerta del vagón dormitorio, y sus primeras palabras fueron “Ciao, bela”. Fue amable y protector, con esa calidez natural más propia de los latinos que de los anglosajones. Resultó como un aire fresco, luego de pasar diez días en Alemania, en donde nunca logre sentirme cómoda.
Como no sabíamos en donde nos hospedaríamos, hicimos una cita para el miércoles 14, a las 21 hs., en la Fontana di Trevi.
Roma me resultaba como un gran museo, de calles intransitables, gente ruidosa, motos ruidosas y aires ruidosos.
Me instalé en un hotel próximo a San Pedro, y aproveche esa tarde para visitar el Vaticano.

Bramante y Bernini, habían dejado una impronta urbana majestuosa. Llegue al final de la tarde, cuando la gran masa de visitantes abandonaba la plaza.
Había algo de bruma y los faroles se recortaban en un aire espeso y blanco.
Por alguna razón, es imposible no sentirse sobrecogido entrando a una de las sedes de Dios sobre la tierra. Techos eternos, eternamente altos. Inciensos y un coro celestial que entonaba una letanía tan interminable como eterna.
Deambulé como poseída por esos pasillos, había poca gente, el silencio era más fuerte que las voces que susurraban en el paseo. Pasé horas allí, hasta que se hizo de noche.
Apurada, camine hasta el hotel para bañarme, cambiarme y llegar a horario a una cita realizada 15 días antes por teléfono, a larga distancia.

La primavera en Roma, a las nueve de la noche, es animada, con mucho movimiento en sus calles. Pero fue una sorpresa desembocar en la Fontana, y descubrir que había allí más de doscientas personas. Casi todos turistas disfrutando el juego de las aguas junto a la iluminación nocturna y tirando las monedas que les asegurarían su vuelta a la ciudad eterna.
Me senté en uno de los bordes de la plaza que me daba una visual bastante generosa de la fuente y su entorno. Encontrarlo en medio de esa multitud sería un milagro. Y no encontrarlo después de tanto viaje, una gran decepción. Pero ese día podía creer en milagros.


Durante la espera, se me acerco un italiano apuesto, que intento inultimente desarrollar una conversación conmigo. Cuando vio que mi mirada viajaba por la multitud, como buscando alguna señal, preguntó: "¿tiene un apuntamento?” “Si”, conteste sonriente. Su pregunta me hizo tomar conciencia de lo exótico de “mi apuntamento”, y creo que cruzó por mi algún pensamiento ligado a como podía organizarme tales citas.

A los pocos minutos pude divisarlo del otro lado de la plaza, con la mirada viajando entre la multitud, de igual modo que la mía. Era imposible que mi voz lo alcanzara, así que tuve llegar hasta su brazo para que me vea. Nos abrazamos mucho rato. Un abrazo que había cruzado el océano y que había esperado meses.

Esa noche caminamos, cenamos spaghetti, viajamos en un subte poblado de personajes sórdidos que parecían sacados de una coproducción de Almodovar y Fellini. El subte nos acerco a mi hotel. Tomamos vodka fría, en vasos largos, frente a la plaza Cavour. El aire era tibio y liviano.


Llegando al hotel, les explicamos a los conserjes que vivíamos en dos puntos lejanos del planeta, que casi gracias al azar nos habíamos podido encontrar en Roma, y que teníamos sólo esa noche para hacer el amor.
En Italia, la palabra amor es la llave para enternecer a cualquier italiano que se precie de serlo. Lo dejaron pasar a mi habitación esbozando discretas sonrisas.

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