Centro Histórico México D.F.(Enero 2007)


D.F. Centro Histórico
Smog mezclado con un penetrante olor a harina de maíz. Es el olor que sintetiza al D.F., Y a salsas picantes, a chile, a cilantro. Toda la cocina al aire libre que se realiza en la ciudad de México expande en forma permanente sus aromas. Quesadillas, chicharrón, carnitas, todo se mezcla por la ciudad, con los olores de los autos y los ‘peseros’.
El centro histórico es el lugar más bullicioso, en una ciudad que, aunque inmensa, es bastante silenciosa. En el centro histórico el movimiento es permanente, a toda hora y todos los días. El Café ‘Havana’, el ‘Café Tacuba’, puestos y mercados ambulantes tanto de artesanías exquisitas, como de electrónica o música y videos pirateados. Personajes urbanos, campesinos, turistas, todos se cruzan y entrecruzan allí.
‘La casa de los Azulejos’ a donde llegaron los zapatistas con su revolución a tomar chocolate. El ‘Palacio de las Bellas Artes’, con su piso torcido después del terremoto del ’85, una de las muestras más increíbles del art nouveaux y art decó en gran escala, en América Latina.
El Zócalo. La `plaza seca’ más grande que he visto. La catedral, enorme y bella, construida sobre una pirámide, como muestra del poder español sobre las culturas americanas. Empezó a desmoronarse hace unos años, cuando escavaron los restos arqueológicos del ‘Templo Mayor’ y tuvieron que apuntalarla. La pirámide seguía mostrando su poderío e influencia, siglos después.
Entretanto, circulan carritos con fruta, con helados de sabores tropicales, paletas de tamarindo con chile, aguas de Jamaica, de Horchata, jugos.
Santerías. Muchas en los alrededores de la Catedral. Velas y santos se juntan con las calacas de Día de Muertos.
Hay un latir allí, en ese Centro Histórico, que se percibe en las calles, en las miradas, en la extraña y variada cantidad de gente que circula por allí.
Museos, galerías de arte, restaurants, hoteles, antiguos y tradicionales comercios, todo nucleado en unas ‘pocas manzanas’ considerando las dimensiones del D.F.
Cerca, la Plaza Garibaldi, el centro de reunión de los mariachis. Allí los novios llevan a sus enamoradas para regalarles alguna canción. Quise ir allí una vez, y el ambiente resultó más pesado y peligroso que romántico, así que escapamos antes de que me tocara escuchar la correspondiente melodía.
Viví unos días en el centro histórico, en un hotelucho, cuando inesperadamente me quedé sin casa en d.f., justo cuando comenzaba a trabajar.
También allí, en el Zócalo, conocí a quien sería luego un amigo y un amor. Él llegaba desde Argentina para reportear al sub-Marcos, luego de su aparición en Chiapas, en el ’94. Nos encontramos en un café en la recova del zócalo. Y ese encuentro, con un pibe de campera de jean, anteojos negros, un paquete de yerba mate en la mochila, y una mirada curiosa y angelical, abrió nuevos horizontes, intereses y experiencias en mi vida futura.
En la catedral del zócalo, también rezo. Es el lugar en donde con más sentimiento y creencia he rezado. Lo hago cada vez que voy al D.F. Una energía poderosa ronda ese lugar. Rezar allí, tiene un carácter y una profundidad diferente para mi, que el hacerlo en cualquier otro sitio.
En el centro histórico confluyen las culturas precolombinas, la presencia española, los diversos y nutridos movimientos artísticos que se desarrollaron en México a lo largo de su historia, recuerdos de la revolución de Villa y Zapata, la música, los enormes murales que dejaron Diego Rivera y Orozco, la comida, el ayer y el hoy en un remolino continuo e interconectado, como si todos esos mundos sucedieran al mismo tiempo, en tiempo presente y en un devenir constante.




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