
" Los volcanes aparecieron frente a los ojos de Isabel mientras el tren llegaba a la estación de Puebla, y desde entonces quiso reverenciarlos. No se atrevió siquiera a preguntarse las razones de su atracción por ellos. Le bastó su imponente belleza para considerarlos cosa sagrada, le bastó saber que ya estaban ahi mismo millones de años antes de que la especie humana llegara al mundo. Impávidos y heroicos, insaciables y remotos. Ellos si que mandaban en México, nadie que se pusiera bajo su amparo estaría sólo en estas tierras."
" - Y dice - comenzó Isabel detenida junto a la mecedora que Corzas puso sobre un prado - : Yo, Isabel Arango Priede, me comprometo a vivir con intensidad y regocijo, a no dejarme vencer por los abismos del amor, ni por el miedo que de éste me caiga encima, ni por el olvido, ni siquiera por el tormento de una pasión contradecida. Me comprometo a recordar, a conocer mis yerros, a bendecir mis arrebatos. Me comprometo a perdonar los abandonos, a no desdeñar nada de todo lo que me conmueva, me deslumbre, me quebrante, me alegre. Larga vida prometo, larga paciencia, historias largas. Y nada abreviaré que deba sucederme, ni la pena ni el éxtasis, para que cuando sea vieja tenga como deleite la detallada historia de mis dias."
"... Es ley bailar de amores, embrigarse, ir al cielo con zapatos y sin futuro, no tener miedo de morirse, ni de estar vivo.
- ¿Es ley? - preguntó Isabel.
- La única ley tangible que conozco - dijo Corzas - Es ley que de puro enamorado se llegue a no sentir hambre, ni cansancio, a no tratar con el tiempo y sus desmanes, a ser dueño de la luz y de la noche. Salud, mi niña, por todos los amores que han de beber en ti, por la pena y la gloria que te esperan."
"- Cómo te quiero, Corzas. Me doy miedo - dijo Isabel deteniéndose en él para tomarse un pie con la mano y levantarlo junto con la pierna toda a la altura de su cabeza. Luego giró sobre el otro pie hasta tenerlo enfrente y lo besó sin bajar la pierna ni temblar - ¿Me haces el amor? - preguntó. - Estoy a tus órdenes, niña - dijo Corzas. "
" - Yo diría que quien ha merecido la dicha, puede soportar la desgracia, y que toda emoción santifica.
- Yo no quiero santificarme- dijo Isabel, derrotada.
- Pero quisiste el cielo. No hay cielo eterno. Ahora tienes que soportar el desfalco de perderlo. Pero la tierra también tiene sus encantos. Te voy a dar una probadita de alguno.
Prudencia Migoya se levantó a calentar una sopa de hongos y flores de calabaza. La puso frente al duelo de Isabel con una cesta de tortillas y un cazo de salsa verde."
( Fragmentos de ' Ninguna eternidad como la mia', de Angeles Mastretta)
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