domingo, agosto 17, 2008



'Lo que eres me grita tan fuerte, que no puedo escuchar lo que me dices'


(autor desconocido)

domingo, agosto 03, 2008







Estracto de '13'
(Interrupciones II, Juan Gelman)

recuerdo vagamente lo que iba a decir/
lo que me llevó a abrir este papel en la noche/
bajo la luz de venus/ la luz
de la luna/ los astros parpadeando

como en un tango de gardel/
o en el cielo como una olvidación/
entre la oscuridad y la palabra pasan siglos/
pasa la reina de baal vestida de caballo/

Estracto de 'vamos'
(Interrupciones II, Juan Gelman)
lustrale los botines a tu pasión/dice/
el derecho parece hundido en el infierno/
el izquierdo está lleno del barro del vivir/
lustrate los botines/ lustrate el alma/ dice/








Canción de la verdad sencilla
(Julia de Burgos, poeta portorriqueña)

No es él el que me lleva…
Es mi vida que en su vida palpita.
Es la llamada tibia de mi alma
Que se ha ido a cantar entre sus rimas.
Es la inquietud de viaje de mi espíritu
Que ha encontrado en su rumbo eterna vía.

Él y yo somos uno.
Uno mismo y por siempre entre las cimas;
manantial abrazando lluvia y tierra;
fundidos en un soplo ola y brisa;
blanca mano enlazando piedra y oro;
hora cósmica uniendo noche y día.

Él y yo somos uno.
Uno mismo y por siempre en las heridas,
Uno mismo y por siempre en la conciencia.
Uno mismo y por siempre en la alegría.

Yo saldré de su pecho a ciertas horas,
cuando él duerma el dolor en sus pupilas,
en cada eco bebiéndome lo eterno,
y en cada alba cargando una sonrisa.

Y seré claridad para sus manos
cuando se vuelquen a trepar los días,
en la lucha sagrada del instinto
por salvarse de ráfagas suicidas.

Si extraviado de senda, por los locos
enjaulados del mundo, fuese un día,
una luz disparada por mi espíritu
le anunciará el retorno hasta mi vida.

No es él el que me lleva…
Es su vida que corre por la mía.

sábado, agosto 02, 2008


Blog y libro recomendados


' España, decí alpiste', Hernán Casciari

y http://www.orsai.com/ blog del mismo autor


Cuaderno 2 (año 2001)

miércoles, julio 09, 2008

Cuaderno (año 2001)

























Perdida
(Gaby- 1996)


Perder
los corpiños
el tiempo
el sueño.
Perder los calzones
los zoquetes
los zapatos de tacón.

Olvidar la luna
el rio
los amigos.
Olvidar el orgullo
el sentido común.
Olvidar el llanto
y tener ganas de llorar.

Perder los contornos
lanzarse al abismo
de tus brazos
de tu piel
a tus manos incansables.

Fundidos

a los ojos de la luna
desparramados
en la humedad
interminable.


Fundir
gemidos
en la
clara
luna
de la noche.

En tu ojos
el tiempo se detiene,
las mareas se aquietan,
tu mirada
tus besos
son

como un hechizo
que brilla
de luz.

domingo, julio 06, 2008



La espera
(Baires, agosto 99 Gaby)


No me había sorprendido que le gustara leer, ni que aspirara a escritor. Leía desde que tenía 12 años. Leímos juntos a Ray Bradbury, y devoramos uno a uno todos los títulos de la colección de ciencia-ficción de “Minotauro”. Leíamos a veces a dúo, del mismo ejemplar, en los viajes en subte de la línea “D”, que nos llevaba de Palermo a Catedral.
Me sorprendió, si, que le gustara la poesía. Y me gustó su gusto, tal vez simplemente porque coincidía con el mío.


Tampoco me sorprendió que intentara mentir y no pudiera. Nunca había podido, pero siempre lo intentaba. Era uno de los pocos alumnos que trataba de “versear” en latín. Se podía parlotear a un profesor de historia o de geografía, pero no se podía “inventar” una declinación que no se sabía. El igual insistía, bajo la mirada exasperada de alguna profesora.

Era de esos tipos que dicen lo que piensan, casi sin darse cuenta. Ni cortesía, ni diplomacia, ni cinismo. Eso me gustaba. Es claro con quien se está, cuando se está con gente así; aunque en él no era una vocación de honestidad, sino su naturaleza.
Mantenía esa mezcla de confusión y lucidez, que lo caracterizaba cuando adolescentes, y ahora más que entonces, me provocaba ternura e interés. Tenía una forma lenta y distraída, con la que se transportaba por la vida con total naturalidad y había mantenido férreamente su devastadora torpeza.
En verdad, al encontrarlo después de 20 años, tuve que retrotraer mi memoria a tiempos remotos, y rescatar recuerdos que tenía por completo olvidados.


Con tan sólo un rato de charla, pude componer su momento: soltero después de muchos de años de estar en pareja, un amor en el camino que le había servido de detonador para romper estructuras, un choque, un viaje, algunos meses de vivir con lo puesto y un bolso.
Sólo podía haber en él una sensación de libertad que lo sobrepasaba y ese delicioso y duro momento de redescubrirse, que produce pavor y entusiasmo.

Para su suerte, no parecía tener oficio de mujeriego. Aunque de ello, me fui enterando más tarde. Su falta de oficio, entorpecía nuestros posibles encuentros, y si bien era frustrante, en cierto modo, me alegraba. Cuando la voracidad supera la emoción en los hombres, se pierden de lo mejor y es como si parte de ellos se congelara, se cosificara.

Me asombro vernos juntos en aquella foto de colegio secundario. Colegio Nacional de Buenos Aires. Recordaba esos primeros años de mi adolescencia como buenos, intensos. Había perdido contacto con todos los chicos de ese grupo. De algunos sólo recordaba sus sobrenombres, pero nitidamente sus gestos, sus sonrisas, y la imagen de como eran, enfundados en sus trajes de colegio.
Él, era un flaco desgarbado, irónico, con ojos medio desorbitados, que en aquellos años sólo centraba su mirada en las tetas y las piernas de las chicas, y en los libros, que siempre lo acompañaban. Y en un punto, seguía siendo un personaje parecido al que había sido, sólo que había canalizado esas características de manera tal, que resultaba un hombre interesante: un flaco desgarbado, irónico, apasionado por las tetas y las piernas de las chicas. Sólo que ahora, no las miraba con añoranza, sino que había aprendido el arte de tocarlas
.

Me resultaba impresionante que los que aparecían en la foto fuésemos nosotros, que esa tarde tomábamos Martinis, sin uniformes escolares, y que tantas cosas hubieran pasado en ese largo intervalo.

Me sorprendió que me gustara charlar con él, hacer el amor, dormir con él y hasta tomar el desayuno. Preparaba ricas tostadas. Su compañía resultaba tan amena y nuestras pieles tan compatibles, que intuí que podía pasar semanas junto a él, sin aburrirme ni empalagarme. Pensé que teníamos muchos temas por conversar, una vida por contarnos y kilómetros de piel por recorrer.

Me impresionó su frase sobre el pijama, fugaz como una instantánea. Yo había sentido lo mismo en ese momento, sólo que él le había puesto palabras. La sensación de que así quería pasármela. Y como si él siempre hubiera estado ahí. Y yo también.
Había una enredadera verde, un cielo gris, una llovizna incierta. Era una porteña mañana de domingo. Percibí cierta ansiedad de destiempo en su cara. O tal vez de sorpresa. Tal vez la misma que yo tenía ante su deseo, que aparecía como intacto, preservado durante veinte años esperando ese encuentro.

Imaginé que a esos encuentros, podrían haber seguido muchas charlas, y risas, y pieles y Martinis.
Su abrazo me entibiaba el alma de tal forma, que hubiera querido permanecer en él durante miles de horas. En su lugar, apareció un vacío repleto de silencio, donde sólo flotaban mi pelo en su espalda, y las marcas de su abrazo, en la mía.

sábado, julio 05, 2008

La casa de Frida (méx. D.F., enero 2007)


















Espejismos macizos
(Gaby, junio 12, 1997)


me dolés
me dolés y al mismo tiempo
me das vida.
Me encontrás
en la infancia
la adolescencia
en un banco del colegio
fumando marihuana
me encontrás en un burdel
en un campo de girasoles
a la vera de un río
en las ramblas catalanas.

me dolés
me dolés de ternura
de pasión
me duele tu mirada negra
tu saxo brillante
sobre la oscuridad de un escenario.
Me encontrás
mirando el mar
en una teta
en “La Giralda” y en la “Puerto Rico”
en un chocolate con churros
en un vodka con hielo y limón.

me dolés
en la almohada
en las margaritas
en el aeropuerto de Chicago
en los días que se escapan como sombras
en los tangos inútiles
sin destinario fijo.
Me encontrás
en las rutas sin destino
en las noches cerradas de negrura
en las risas peregrinas
en un llanto nocturno
en los cortinados de terciopelo
y las cortinas de lino.

me dolés
en el pecho
en los caminos cerrados
en ese espacio etéreo
de visiones difusas
futuras, desintegradas.

Me encontrás
en la fe
¿fe en qué?
en el devenir.
Me encontras
cada día que busques mi alma
que está adentro tuyo.
Cada día que rías
lo veré.
Cuando corra brisa por la playa
cuando vuelvas a olvidar
en alguna cama ajena.
Estoy aquí
a la vuelta de la esquina de tu alma
al costado derecho de tu cuerpo
respirándote.
Changarro en el Desierto de los Leones
O restaurant precario. Lo mejor, la sopa de hongos, reconfortante en los dias de frío y muy sobrosa.
(Mex. D.F. Enero 2007)










'De pronto, hay que dejar de moverse para que te alcance la casualidad'

(Melqui M.)

lunes, junio 30, 2008















Monasterio del Desierto de los Leones
(México D.F., enero 2007)

Enclavado en una montaña, en medio de un bosque de pinos. Está a minutos del periferico, el smog, los autos, la gente y el trajín del D.F.
Hay un maravilloso silencio, paz, un intenso aroma a bosque y, en su época, vivían allí monjas de clausura, que no hablaban y vivían descalzas en medio del frio y el paisaje.

























"El manicomio del tiempo"
de Angeles Mastretta

Existe en Puebla un manicomio maltrecho y medio olvidado, en el que sin remedio mezclan su lucidez y sus delirios varias decenas de mujeres.
Estuve ahí alguna vez cerca de Navidad porque mi madre organizaba una posada con el ánimo de consolar el insaciable desconsuelo de aquel sitio, y no sé con qué resultados.
Durante un tiempo, mi hermana heredó la misión visitadora de mi madre. Trató en aquel abismo con mujeres desquiciadas por la pobreza o la falta de medicamento necesario en el momento preciso, lo mismo que con jóvenes que al caer en la cárcel por drogadictas eran llevadas ahí, puestas en abstinencia y conducidas al pavoroso túnel de la conciencia plena en mitad de un mundo regido por el disparate.
Nunca supe la causa, pero supongo que un mecanismo de autodefensa hizo que Verónica espaciara sus visitas al manicomio de San Roque. Hay tanta locura por atestiguar en el mundo de afuera que acabamos acudiendo a ella antes que a la recluida en la desdicha de estar catalogado como tal.
De las tardes que pasó entre aquellas mujeres dedicadas en sus ratos de paz a bordar o hacer collares, mi hermana obtuvo un regalo y me lo regaló.
Es un pequeño pedazo de tela color marfil, en el que una supuesta loca bordó, con el pulso firme y el punto atrás perfecto: "No arruines el presente lamentándote por el pasado ni preocupándote por el futuro".
Sin buscar perdón de quienes encerraron a esa mujer, yo colgué su sentencia en el sitio más visible de mi casa y acudo a ella cada vez que lo creo necesario o la dejo entrometerse en mi camino cada vez que el azar me la coloca enfrente. Pocas veces me remiten tanto a la cordura. Aunque a fuerza de proponerme oirla, he comprendido que una persona capaz de vivir atenida a esa sentencia pueda cometer muchas locuras.
¿Por qué moverse de una cama tibia, si a uno no le preocupa el futuro? ¿Por qué llegar a los lugares puntuales? ¿Por qué la prisa?¿Por qué andar correteando a la eficacia, al éxito?¿Por qué negarse a las conversaciones largas, al simple dejar pasar el tiempo sobre nuestros cuerpos y nuestros deseos?
Vivir sin lamentar el pasado ni preocuparse por el futuro es darle al tiempo una dimensión mucho mayor que la que le ha otorgado el mundo que nos rige. Es rehabilitar la noción presente y desaparecer el reloj, que tanto nos atormenta.
Me pregunto que sería de este siglo que ha descubierto la aspirina, la televisión y los jets si no hubiera dirigido los beneficios de sus descubrimientos a evitarnos todo lo que se considera perder el tiempo.
¿Encerrarse en casa por una gripa? De ninguna manera, para eso hay toda clase de medicamentos que la disimulan. Sin embargo, ninguna la evita, una gripa dura inexorable y fatal mínimo cuatro días ¿Saltarse los tres días de menstruación? Imposible. ¿Saber a los quince años lo que sólo se reconoce a los cuarenta? Nunca. ¿Verse de quince años a los cuarenta? Menos. La gestación humana todavía dura nueve meses y eso parece irrevocable.
Evaporar el tiempo, tratarlo como algo que se consume, que se divide en pasado y futuro, que uno puede medir y manejar a su gusto es lo que debería considerarse una locura. Pero nadie va al manicomio si vive con la angustia de estar perdiendo el tiempo. Porque no habría manicomios para albergarnos.

Hemos olvidado el placer que otros encontraron en las tertulias, la radiante voluntad con que otros supieron ser generosos con su tiempo. Supieron darlo a los amigos siempre que fue necesario, darlo al ocio y la contemplación, darlo a la hermosa lengua que hablamos. Darlo al sueño y al placer de tocar a los otros sin medir las horas y tener que salir corriendo.
Una de las actividades que muestran con más claridad la incapacidad de nuestra época para medir el tiempo como algo que no debe medirse, son los cocteles. Para ver mucha gente rápido y en las mismas tres horas, se reúne de pie a muchas personas que dan vueltas iniciando conversaciones sin destino, picoteando a los demás con un saludo, un piropo, un adiós, un nos vemos que nunca se concreta. Pocos inventos tan aberrantes y tan cansados. Pocos lugares donde las palabras se trivialicen y desoigan tanto. Sin embargo, acudir a un coctel nunca se considera perder el tiempo.
En cambio, las personas que invierten más de cinco minutos en hablar por teléfono suelen ser muy mal vistas en nuestro fin de siglo. ¿Qué cosa práctica se podrá uno decir después de cinco minutos?¿Y por qué ha de valer la pena hablar de cosas que no sean prácticas, de cosas que no estén destinadas a corregir el pasado o actuar para el futuro?
Hablar de más es gastar el tiempo y como el tiempo es oro los habladores son unos derrochadores. Por más que el teléfono genere cordialidades y propicie una intimidad que sería extraordinaria, si no fuera porque hay quienes se dedican a espiar y grabar lo que se dice en él.
Sin embargo, quizá por eso mantenemos amistades largas y nos resultan entrañables los amigos a quienes conocimos cuando jóvenes, con los que convivimos cuando nuestro tiempo era lo único que podíamos regalar, de los que conservamos para siempre un regalo que ya no se regala: horas y horas de teléfono adolescente, tardes enteras de cuchichear secretos que a nadie sino a uno le importaban. Quizá porque aún vale lo que vale, nuestros amigos de verdad son aquellos con los que en cualquier época, pero más aún en ésta, hemos tirado a la basura la idea necia del tiempo, con los que el pasado nunca es algo lamentable y siempre algo por evocar, con los que el futuro no se prevé, se invoca y el presente es un derroche de historias, recuerdos y profecías.
Adivinar que habrá sido del tiempo y cómo será el presente de la bordadora de San Roque. Nunca podré decirle cuánto la escucho y cuantas veces la desoigo, pero hasta siempre me acompaña la sentencia que hoy descargo en este puerto por si alguien quiere apuntarla y atenerse a la locura que acarrea: "No arruines el presente lamentándote por el pasado ni preocupándote por el futuro".

sábado, junio 28, 2008

Altares 1

(México D.F., 2007)





viernes, junio 27, 2008

Techo volando y columna-fuente
Patio interior Museo Nacional de Antropología
(México D.F., Enero 2007)































Hace muchos años, un amigo escribió sobre algo que le planteaba una…gran disyuntiva y que usó en un juego de palabras para escribir un poema: ¿Lengua o labios?. Cuando leí aquel texto, este me disparo otra disyuntiva, ¿la razón o la pasión? Y escribí este texto, también hace muchos años, que obviamente no pretende ser un poema:

La razón y la pasión
(Gaby, 1997)

¿La razón o la pasión?
La pasión!...Pero mire que la razón...
No, no, no! definitivamente la pasión.
La pasión es desmesurada, profunda,
no es cientificista, no se puede explicar,
nos toma por completo.
Nos conecta con lo más primario
de nosotros mismos
nos lleva a los abismos y a la gloria.
Nos refleja enteros y nos hace más completos.

Sí, pero la pasión
es descontrolada, puede ser inoportuna, autodestructiva...
Entonces...entonces, ve usted, la razón.
La razón es poderosa, estructurada,
nos permite, al menos sentir, que llevamos el timón de nuestra vida.
¿Se puede amar racionalmente?
Claro, nos permite cuidarnos, protegernos,
saber de antemano, que el dolor nunca será demasiado.
Saber que nada nos va a afectar más de lo deseado.
La razón es prudente, previsora, realista, hasta cordial.

Pero...bueno...la razón me gusta.
Nos permite llevar cierto orden, darle a todo un sentido,
no tocar los extremos, eso puede ser muy peligroso.
A cierta altura de la vida, se espera que uno actue racionalmente.
Uno mismo lo espera.
Pero...la pasión es dulce
es el condimento de la vida
es como flotar a veces
y otras sentirse profundamente enraizado
con alguien o algo,
es sentirse visceralmente a uno mismo.

Y...pasión y razón,
¿nunca se ponen de acuerdo?
Es difícil...
A veces hasta nos cuesta unir lo que sentimos con lo pensamos,
imagínese ! unir la pasión con la razón... !
Entonces...
¿la razón o la pasión?
Las dos.

sábado, junio 21, 2008

Centro Histórico México D.F.
(Enero 2007)


























D.F. Centro Histórico
Smog mezclado con un penetrante olor a harina de maíz. Es el olor que sintetiza al D.F., Y a salsas picantes, a chile, a cilantro. Toda la cocina al aire libre que se realiza en la ciudad de México expande en forma permanente sus aromas. Quesadillas, chicharrón, carnitas, todo se mezcla por la ciudad, con los olores de los autos y los ‘peseros’.
El centro histórico es el lugar más bullicioso, en una ciudad que, aunque inmensa, es bastante
silenciosa. En el centro histórico el movimiento es permanente, a toda hora y todos los días. El Café ‘Havana’, el ‘Café Tacuba’, puestos y mercados ambulantes tanto de artesanías exquisitas, como de electrónica o música y videos pirateados. Personajes urbanos, campesinos, turistas, todos se cruzan y entrecruzan allí.
‘La casa de los Azulejos’ a donde llegaron los zapatistas con su revolución a tomar chocolate. El ‘Palacio de las Bellas Artes’, con su piso torcido después del terremoto del ’85, una de las muestras más increíbles del art nouveaux y art decó en gran escala, en América Latina.
El Zócalo. La `plaza seca’ más grande que he visto. La catedral, enorme y bella, construida sobre una pirámide, como muestra del poder español sobre las culturas americanas. Empezó a desmoronarse hace unos años, cuando escavaron los restos arqueológicos del ‘Templo Mayor’ y tuvieron que apuntalarla. La pirámide seguía mostrando su poderío e influencia, siglos después.
Entretanto, circulan carritos con fruta, con helados de sabores tropicales, paletas de tamarindo con chile, aguas de Jamaica, de Horchata, jugos.
Santerías. Muchas en los alrededores de la Catedral. Velas y santos se juntan con las calacas de Día de Muertos.
Hay un latir allí, en ese Centro Histórico, que se percibe en las calles, en las miradas, en la extraña y variada cantidad de gente que circula por allí.
Museos, galerías de arte, restaurants, hoteles, antiguos y tradicionales comercios, todo nucleado en unas ‘pocas manzanas’ considerando las dimensiones del D.F.
Cerca, la Plaza Garibaldi, el centro de reunión de los mariachis. Allí los novios llevan a sus enamoradas para regalarles alguna canción. Quise ir allí una vez, y el ambiente resultó más pesado y peligroso que romántico, así que escapamos antes de que me tocara escuchar la correspondiente melodía.
Viví unos días en el centro histórico, en un hotelucho, cuando inesperadamente me quedé sin casa en d.f., justo cuando comenzaba a trabajar.
También allí, en el Zócalo, conocí a quien sería luego un amigo y un amor. Él llegaba desde Argentina para reportear al sub-Marcos, luego de su aparición en Chiapas, en el ’94. Nos encontramos en un café en la recova del zócalo. Y ese encuentro, con un pibe de campera de jean, anteojos negros, un paquete de yerba mate en la mochila, y una mirada curiosa y angelical, abrió nuevos horizontes, intereses y experiencias en mi vida futura.
En la catedral del zócalo, también rezo. Es el lugar en donde con más sentimiento y creencia he rezado. Lo hago cada vez que voy al D.F. Una energía poderosa ronda ese lugar. Rezar allí, tiene un carácter y una profundidad diferente para mi, que el hacerlo en cualquier otro sitio.
En el centro histórico confluyen las culturas precolombinas, la presencia española, los diversos y nutridos movimientos artísticos que se desarrollaron en México a lo largo de su historia, recuerdos de la revolución de Villa y Zapata, la música, los enormes murales que dejaron Diego Rivera y Orozco, la comida, el ayer y el hoy en un remolino continuo e interconectado, como si todos esos mundos sucedieran al mismo tiempo, en tiempo presente y en un devenir constante
.











































Arquitectura y recuerdos en la Colonia Condesa 2
(México D.F., Enero 2007)